Cançó d’amor i de guerra

Música de Rafael Martínez i Valls (Ontinyent, Alicante, 12 de octubre de 1895 – Barcelona, 26 de diciembre de 1946). Libreto de Lluís Capdevila y Víctor Mora

Sara Bañeras, Jaume Fonollá, Enric Berdaguer, Jordi Carbonell, María Bañeras.

Guillermo Saavedra, piano

Cor Da Capo de Barcelona

Director musical: Dalmau González

de Luis Suárez

Nueva representación de esta zarzuela catalana que actualiza uno de los símbolos del patrimonio musical catalán y una de las piezas más grandes y emblemáticas de la lírica autóctona. Proyecto ambicioso sacado adelante por el gran tenor ligero Dalmau González (Olot, 1940), al cargo de la dirección musical.

La obra en sí, estrenada en el año 1926 y compuesta por Rafael Martínez Valls, tuvo que cambiar el título por «Los soldados del ideal» debido a la situación política del país. En plena Dictadura de Primo de Rivera, el Capitán General de Cataluña, Milans del Bosch, no autorizaba su estreno si no cambiaba el título. La zarzuela obtuvo un gran éxito y desde entonces es la obra más celebrada del repertorio lírico catalán, siendo prohibida su representación durante la etapa Franquista y rescatada en su totalidad durante la transición, de la mano de Antoni Ros Marbà.

Rafael Martínez Valls nació en Ontinyent (Valencia) en 1887 y murió en Barcelona en 1946. Comenzó a estudiar música en el colegio, siguiendo después en Valencia en donde inició la carrera de Medicina, siendo sus primeros maestros Juan Bautista Pastor Pérez de composición y José María Úbeda de órgano. Su primer puesto profesional fue el de director de la Banda Provincial de Valencia. Luego marcha a Madrid ampliando estudios con Emilio Vega y siendo maestro concertador y organista en el Teatro Real, información esta contestada por el Diccionario de la Zarzuela. Más tarde pasó a Barcelona donde fue maestro de capilla y organista de la capilla de San José Oriol durante siete años en que compuso abundante música religiosa de notable calidad, tal como motetes, 2 misas y una salve. Su permanencia en Barcelona le acercó a los ámbitos culturales y propició su ligazón a la historia musical catalana. Ello sobresalió en el aspecto teatral, donde después de una zarzuela en castellano «Así Canta mi Amor» (1925) destaca en el campo de la zarzuela catalana con la aquí expuesta (su primer gran éxito), «La Legió d’Honor» (1930) Y «L’Àliga Roja» (1932) dentro del intento de creación de un genuino teatro lírico compuesto bajo patrones catalanes.

«Cançó d’amor i de guerra» obtuvo un gran éxito, consiguiendo en 11 meses 400 representaciones, en diversos teatros, pues dos meses después del estreno empezó a representarla como Eloi el gran tenor Emili Vendrell, junto a Tana Lluró y Pablo Gorgé en Francina y l’avi Castellet. Desde entonces ha significado el más celebrado título del teatro musical catalán, que sigue estando presente en las temporadas que allí se organizan, ausente no obstante en el resto de España, prueba, sin duda, del fracaso en muchos del «conllevarnos» orteguiano (Ortega y Gasset). Representa el anhelo más noble de los pueblos y de las personas por su libertad en momentos de gran convulsión. La obra lanza un mensaje a favor del amor, la igualdad y la confraternidad, y en contra de la guerra y los intereses económicos que hay detrás, ambientada en un pueblo del Vallespir durante la Revolución Francesa, a finales del siglo XVIII, en un complicado momento político y social. Con la gran acústica que demuestra una y otra vez el recinto, Dalmau, el coro y sus solistas (aficionados) llegaron con gran ilusión a desnudar la partitura, para darle toda su potencia, evitando caer en los estereotipos para que salga a la luz toda su capacidad emotiva, que sí la tiene (y mucho) bajo una dirección escénica «muy austera» de este «concierto en versión semi-escenificada», que tendrá como única escenografía las unos bloques de aja y una buena vestimenta de la época, por parte de los solistas. Un coro en estado de gracia entonando con maestría unos escenarios musicales que irán cambiando de color en función de lo que esté sucediendo. No estaban grandes, como Manuel Ausensi para entablar al pastor pirenaico, o Montserrat Caballé, para realzar a Francina, pero solistas como Sara Bañeras demostraron un hermoso timbre de voz y potencia, así como capacidad teatral. Saavedra hizo olvidar por momentos la densa paleta orquestal original para, en un difícil traslado al piano, ambientar perfectamente el costumbrismo de las melodías, tanto populares como originales de Martínez i Valls. El bis de los «tres tenores líricos», solista, Dalmau González y el mexicano Jorge Lasso fue muy notable y aplaudido en su amor por el paraíso pirenaico. Este fue un bello proceso realizado con éxito, pero aún queda mucho mundo por hacer en el rescate de la ópera y zarzuela de nuestro patrimonio, asignatura pendiente de nuestras autoridades.